martes, noviembre 10, 2009

La canción del pescador


Me gustaría ser el pescador que se tambalea sobre los mares, lejos de la tierra firme y de sus recuerdos amargos. Lanzando el dulce sedal con amor y soledad, sin nada que me cubra excepto un cielo lleno de estrellas. Con la luz en mi cabeza y contigo en mis brazos.

Me gustaría ser el hombre del freno en un tren febril y desbocado que choca contra el corazón de la tierra, como una bala de cañón en la lluvia. Con el latido de los que duermen y el calor del carbón. Mirando las luces de las ciudades que van quedando atrás en una noche llena de música. Con la luz en mi cabeza y contigo en mis brazos.

Sé que seré liberado de todos los lazos que me atan y que todas las cadenas que me rodean caerán. Y ese inmenso día que el destino me depara te cogeré de la mano. Viajaremos en tren y seré el pescador con la luz en mi cabeza y contigo en mis brazos. Con la luz en mi cabeza y contigo en mis brazos.

(Mike Scott, 1986)


Fue hace demasiados años, en un ferry que cubría el trayecto desde Cherburgo (Francia) a Rosslare (Irlanda). El mar del norte estaba picado y el barco se movía en todas las direcciones, imposibles de anticipar. No podía dormir así, y ya había amanecido. Tomé mi guitarra y mi mochila y salí a cubierta para respirar el salvaje aire del mar. No fui el único que había tomado esa decisión. En proa estaban un violinista irlandés y un guitarrista americano. Me uní a ellos. La costa verde de Irlanda aparecía ya en el horizonte y empezamos a tocar esta canción de The Waterboys.

No es una canción complicada, funciona con cuatro acordes muy elementales (yo la empiezo en sol mayor, se aceptan ideas). En realidad, casi todo lo que nos emociona y nos hace crecer el alma hasta sobrepasar la piel nunca es complicado. Los cuatro acordes tienen un poder chamánico al que la melodía da un sentido espiritual. La letra nos muestra la belleza de la debilidad en un mundo que nos sobrecoge a la vez que nos llena de vida. Y es que Mike Scott, además de ser uno de los músicos más interesantes que se pueden escuchar, siempre ha sido un poeta, desde que era un estudiante de filosofía en la Universidad de Edimburgo que preparaba una tesis sobre Yeats y aún tocaba en los pubs de la ciudad.

Aquel viaje, tambaleándome sobre los mares, lejos de la tierra firme y de sus recuerdos amargos, es uno de los recuerdos más vitales que conservo, casi veinte años después. La excitación de la planificada huida, el malestar físico y emocional que sentía en aquel momento, la sensación de fragilidad ante el inmenso océano como una metáfora de mi propia vida, y la música como única fuerza que nos llevaba sin freno, febril y desbocado, hasta el corazón de la isla verde. Con la luz en mis brazos y tú en mi cabeza.



Una película para Mike Scott: Moby Dick, de John Huston

Un libro para Mike Scott: Una visión, de William B. Yeats

Una canción para Mike Scott: Because the night, de Bruce Springsteen

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domingo, noviembre 01, 2009

Cecilia, Cifra y Glaucón


En La rosa púrpura de El Cairo (Woody Allen), Cecilia es camarera en una cafetería de New Jersey. Odia su trabajo, pero lo necesita para mantener a su marido, quien le pega, engaña y humilla continuamente. La única vía de escape que tiene su vida es el cine. Todas las semanas acude a la sala y encuentra así dos horas de evasión y paz que le hacen sentir bien.

Cecilia se ha quedado prendada de una película de aventuras en la que personajes encantadores y multimillonarios que exploran los secretos de El Cairo mientras beben champán francés en eternas fiestas sofisticadas. Cuando Cecilia, tan necesitada de huir de su propia realidad, está en la sala viendo por cuarta vez consecutiva la película, el actor protagonista de la cinta rompe el diálogo de la escena y se queda mirando al patio de butacas desde la pantalla. Decide salir de la película y vivir un romance con Cecilia en el mundo real. Este hecho extraordinario provoca el caos en la industria del cine y hace que el actor que dio vida al huido protagonista acuda a New Jersey, donde conoce a Cecilia y trata de manipularla expresándole también su amor (falso) por ella con el fin de que abandone al personaje huido.

Ante las dos proposiciones, Cecilia debe decidir con quien de los dos se queda: con el de ficción o con el real. Cecilia opta por la realidad porque ella es real: no tiene opción.

Pero ¿por qué no hay opción? ¿Por qué esa sobrevaloración de lo que llamamos realidad? ¿Acaso no son reales las emociones que Cecilia siente cuando está en el cine? ¿No es la ficción, la ilusión, la fantasía, lo que sabemos que no es real, tan parte de la vida tangible de Cecilia como las hostias que le pega su marido? ¿Qué es más importante, lector, sentir la vida o tener la prueba de que vivimos?

Decía Friedrich Nietszche, “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”.





La película Matrix plantea, de alguna manera, la misma idea. En un mundo futurista en el que las máquinas han sumido a los hombres en una realidad virtual perfecta que les impide conocer la dolorosa realidad que sus cuerpos viven, un pequeño grupo de rebeldes se enfrenta a esta máquinas.

En una secuencia determinada, el rebelde Cifra está a punto de traicionar a sus compañeros a cambio de tener una buena vida ilusoria, con la condición de que elimine de su conciencia y de sus recuerdos el propio acto de la traición.

SMITH: ¿Tenemos un acuerdo, señor Reagan?

CIFRA: ¿Sabe? Sé que este bistec no existe. Sé que cuando me lo meto en la boca es Matrix quien le está diciendo a mi cerebro: es jugoso y delicioso... Después de nueve años, ¿Sabe de qué me he dado cuenta? De que la ignorancia es la felicidad.

SMITH: Entonces tenemos un trato.

CIFRA: No quiero acordarme de nada de esto ¡De nada! ¿Entendido? Y quiero ser rico. Alguien importante, un actor o algo así.

SMITH: Será cualquier cosa que usted quiera, señor Reagan.

CIFRA: Está bien. Devuelva mi cuerpo a la central eléctrica, reinsérteme en Matrix y haré lo que me pida.


Smith opta por la ilusión frente a lo real. Si no hay recuerdo ni conciencia de esa traición, Smith vivirá sin remordimientos. Su bondad y su riqueza serán reales para él. Lo único que nos hace humanos es la autoconciencia. No hay libertad, no hay deseo, no hay amor, no hay actos buenos ni malos sin autoconciencia. Y Cifra lo sabe, y por eso negocia con Smith una nueva conciencia con el recuerdo de la traición completamente borrado.

Entonces, si va a ser feliz con todos sus sentidos y su conciencia ¿por qué esa sobrevaloración de la realidad de Matrix? ¿Acaso no es real la sensación que el bistec deja en la boca de Cifra? Si no podemos adivinar el mundo más que a través de nuestros sentidos y nuestra conciencia, ¿por qué el sueño de la realidad que despierta en el morir tiene más valor que lo que le dirán los sentidos y la conciencia a Cifra hasta ese mismo morir? ¿qué tenemos, además de nuestros sentidos y nuestra conciencia?

Decía Fernando Pessoa, “Siempre pensé cuán absurdo era que, allí donde la realidad sustancial es una serie de sensaciones, hubiera cosas tan complicadamente simples como comercios, industrias, relaciones sociales y familiares, tan desoladoramente incomprensibles ante la actitud interior del alma en relación con la idea de verdad”.





Quizas todos buscamos, con más o menos disimulos, la ignorancia y la evasión que simboliza nuestra felicidad. Y es que, a veces, la Caverna puede ser un lugar tan acogedor...


Un libro para Cecilia y Cifra: La República, Platón

Una película para Cecilia y Cifra: Un tranvía llamado deseo, de Elia Kazan

Una canción para Cecilia y Cifra: Even better than the real thing, de U2

viernes, octubre 23, 2009

La cárcel más grande de todas las cárceles



Cuando Cristopher L. Sholes inventó la máquina de escribir en 1867, se tuvo que enfrentar al problema del atasco de las varillas. El mecanismo necesitaba de un tiempo mínimo entre la pulsión de cada letra para que la varilla reaccionara y realizara la presión sobre la cinta tintada que dejaría la letra impresa en el papel y éste se desplazara un espacio a la derecha, de manera que dejara sitio para la siguiente impresión que debiera producir el siguiente golpe de varilla.

Sholes tenía dos caminos para resolver el problema: hacer que la máquina funcione mejor, o hacer que la gente escribiera más lento. Optó por lo segundo.

El inventor de la máquina de escribir dedicó entonces toda su inteligencia a complicar al máximo la disposición de las letras en el teclado de manera que al escribir se perdiera el mayor tiempo posible, dando tiempo así a que la máquina “pareciera” funcionar a la velocidad adecuada.

Hoy, con los teclados de un ordenador, esta medida no tiene ningún sentido. Pero seguimos utilizando el mismo tipo de teclado. Ha sido imposible que uno más ordenado (y por lo tanto más rápido) se haga un hueco en el mercado.

Los errores de nuestro pasado no sólo condicionan nuestro futuro, sino que marcan el camino que no podemos dejar de seguir. Nos obliga a seguir a pesar de ser conscientes de que nos limita y de que no es la mejor solución de las posibles.

Todas nuestras decisiones están determinadas por las decisiones que fueron tomadas en el pasado, incluso las que fueron tomadas por otras personas, incluso las que se tomaron antes de que naciéramos.

Entonces, ¿somos libres?, ¿lo hemos sido alguna vez?

Hay que ser de piedra para no emocionarse con la canción “Libre” de Nino Bravo, pero si él resucitara y pudiéramos tomarnos una paella en la Malvarrosa frente al Mediterráneo, me gustaría discutir con él, aparte de sobre el poco gusto de su estilista, sobre su letra:

Libre. Como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar, como el ave que escapó de su prisión y puede, al fin, volar. Como el viento que recoge mi lamento y mi pesar. Camino sin cesar detrás de la verdad y sabré lo que es al fin, la libertad.





Pero, ¿qué tiene que ver el amanecer con la libertad, cuando la tierra está condenada a ver amanecer cada día hasta su fin como planeta (salvo en alguna película de José Luís Cuerda)?, ¿y acaso no está el pájaro de la canción condenado a necesitar volar?, ¿somos nosotros acaso libres de nuestra conciencia de ser o de desear o no la libertad? Entonces, ¿por qué coño me emociona esta canción, a pesar de que sé que no hay tal libertad?


Un libro para Cristopher L. Sholes: El extranjero, de Albert Camus

Una canción para Cristopher L. Sholes: Para la libertad, de Joan Manuel Serrat

Una película para Cristopher L. Sholes: Minority report, de Steven Spielberg

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miércoles, octubre 14, 2009

Amor de mono


Los monos viven en los árboles. Se organizan en grupos polígamos donde las hembras cuidan de las crías, sean éstas de quien sean.

Un día, algunos de esos monos bajaron de los árboles. Sin garras, sin alas, sin una anatomía preparada para la velocidad, la única posibilidad que tenían de sobrevivir allí abajo era volverse bípedos. De esta manera podrían observar la llegada de depredadores por encima de la vegetación con tiempo suficiente para huir.

Pero una vez que el mono se vuelve bípedo, los genitales de los machos y los de las hembras quedan desprotegidos, por lo que hay que vestirse para mantener “esa” integridad física. Y ahí empezó toda una cultura de represión sexual y de progreso cultural. Así, todo lo que conocemos e interpretamos del hombre hoy en día, nada tiene que ver con su naturaleza.


En la obra Amor de mono (que se está representando estos días en Madrid, en el Teatro de las Aguas), al comienzo, un mono huido del zoológico habla al público, esto es, a sus primos humanos:

MONO FILÓSOFO: Los humanos deben todas sus cualidades sexuales básicas a su antepasado: el mono de los bosques, comedor de frutos y polígamo. Estas características fueron después drásticamente modificadas para adaptarlas a su vida de cazador carnívoro y monógamo. Por eso los humanos se ven ahora en una situación un tanto confusa: como primates son impulsados en una dirección; como carnívoros por adopción, en otra; y como miembros de una complicada comunidad civilizada, incluso en otra… (…) Durante millones de años habéis evolucionado para follar sin descanso. No tenéis periodo de celo porque siempre estáis en celo, folláis incluso cuando no hay posibilidad biológica de concebir. Folláis por follar, y en eso sois una especie única. Tenéis el cuerpo desnudo de pelo para poder acariciaros mejor y habéis desarrollado mas zonas erógenas que ninguna otra especie (…) Decís “follar como conejos” o “pelársela como un mono” pero es un hecho que ni los conejos copulan tanto como vosotros ni los monos se masturban con tanta frecuencia. Sois los más salidos del Reino Animal (…) Me interesan vuestras contradicciones. ¡Tanto querer follar para luego haceros monógamos!… ¿o fue al revés?

(J San Román, Amor de mono)


¿Pero realmente podemos decir que el hombre es polígamo por naturaleza, o hablar de naturaleza es algo que ya no tiene ningún sentido en el hombre?.

Michel Foucault entendía que la sexualidad en Occidente, junto con la economía, es la gran alienación de la historia de los hombres. La historia de la sexualidad sería el intento permanente de la sociedad por dominar un aspecto biológico fundamental del individuo. Una sociedad que se expresa a través del ejercicio del poder, del dominio del alma y del control de la conducta.

La mecánica del poder define entonces los límites del sexo. Lo analiza, lo estudia tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista científico. Se establecen los discursos sobre el sexo y se forja toda una patología de la sexualidad. Hoy, más que nunca, la sexualidad de los hombres es completamente ajena a su naturaleza ya que su expresión (tanto la más reprimida como la más libertaria) viene enseñada por el discurso del poder científico; esto es así, esto no es así. En fin, cosas que un mono no se plantea nunca en su expresión sexual.

Por eso le regalaría al mono filósofo la historia de la sexualidad de Michel Foucault si viniera a mi casa a hurgar en mi biblioteca, como en esa divertida obra de teatro.

En fin, os recomiendo ver la obra si tenéis ocasión, porque quizás podemos aprender algo de nuestras contradicciones y contradecir nuestro aprendizaje ¿O fue al revés?





Un libro para el mono filósofo: Historia de la sexualidad, de Michel Foucault

Una película para el mono filósofo: King Kong, de John Guillermin

Una canción para el mono filósofo: Part man, part monkey, de Bruce Springsteen

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jueves, octubre 08, 2009

Y mujeres desesperadas


En el verano de 1816, Lord Byron invitó a su amigo Percy B Shelley a pasar unos días con él en su casa junto al lago Léman, en Suiza. Allí, mientras remaban durante el día y se entregaban al vino y el láudano por las noches, Mary Shelley, la esposa de Percy, demostró no ser en absoluto una simple compañera de su marido. Demostró ser la más activa de los tres escritores y marcó con sus palabras el destino de todos ellos. Allí, junto al lago Léman, Mary Shelley escribió Frankenstein: una historia de hombres desesperados que ala vez era la historia de una mujer desesperada.

Bueno, en realidad no debería decir “allí, junto al lago Léman”, ya que es donde en este momento me encuentro escribiendo esta historia que ha traído a mi memoria el suave movimiento de las aguas oscuras de este lago rodeado de brutal naturaleza y fortunas evadidas a Hacienda.

Y como la semana pasada hablaba de hombres desesperados y he tenido alguna crítica a un posible trato misógino del cine por mi parte (válgame Dios, las cosas que uno tiene que escuchar sólo por tener el sexo políticamente incorrecto entre las piernas), vamos a contar también diez historias de mujeres desesperadas.


Uno. “Hola, me llamo Ángela y me van a matar” (Ángela a cámara en Tesis, de Alejandro Amenábar)

Dos. “Cuando leas esta carta, puede que haya muerto. Si esta carta llega algún día a tus manos, sabrás que fui tuya sin que tú siquiera supieses que existía” (Lisa Berndle a Stefan Brand en Carta a una desconocida, de Max Ophüls)

Tres. “¿Qué busco? Algo para seguir engañándome igual que tú” (Natalia a Jorge en Azul oscuro casi negro, de Daniel Sánchez Arévalo)

Cuatro. “Hacía mucho frío. Mucho frío. Pensé… Pensé que si conseguía salvar a uno solo de los corderos que iban a sacrificar… pero era demasiado pesado. Demasiado pesado. No había recorrido más que unos pocos kilómetros cuando el coche del sheriff me alcanzó. Y ya no volví al rancho nunca más” (Clarice Starling al Doctor Lecter en El silencio de los corderos, de Jonathan Demme)

Cinco. “Sin ir más lejos, fíjate tú, el mundo árabe, lo mal que se ha portado conmigo, y yo eso, no me lo merezco (Candela a Pepa en Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Pedro Almodovar)

Seis. “No puedes encontrar la paz evitando la vida” (Virginia Woolf a su esposo Leonard en Las horas, de Stephen Daldry)

Siete. “Estoy perdida, ¿eso tiene arreglo?” (Charlotte a Bob en Lost in translation, de Sofía Coppola)

Ocho. “Hijo de puta, hijo de puta. Puto gilipollas. ¿Quién coño se cree que es? Entro aquí… Usted no me conoce. No sabe quien soy. No sabe cómo es mi vida y tiene los huevos y la desvergüenza de hacerme preguntas sobre mi vida. ¡A la mierda! No me llame señora. Vengo aquí, les doy las recetas, las comprueban, hacen sus llamadas, sospechan, me hacen preguntas. La enfermedad me rodea, y ustedes me preguntan por mi vida. ¿Qué es lo que pasa? ¿Han visto la muerte en su cama? ¿En su casa? ¿Es que no tienen vergüenza? Y ustedes me hacen estas putas preguntas. ¡Chúpenme la polla! ¡Esto es lo que pasa! ¿Y usted me llama señora? ¡Joder, qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza los dos!” (Linda Partridge a dos farmacéuticos en Magnolia, de Paul Thomas Anderson)

Nueve. “No puedo seguir como estoy, Frankie. No después de lo que he vivido. He visto el mundo. La gente gritaba mi nombre. Bueno, no mi nombre sino aquél maldito nombre que tú me pusiste. Pero gritaban por mí. Me he visto en las revistas. ¿Piensas que alguna vez pude yo soñar con algo así? Pesé sólo dos libras al nacer. Papá me decía que luché para llegar a este mundo, y que lucharía cuando me fuese a ir. Y eso es lo que quiero hacer, Frankie. Quiero que lo hagas. He tenido lo que necesitaba. He tenido todo. No les dejes que me lo quiten ahora. No me dejes aquí postrada hasta que no pueda oír a la gente gritar mi nombre.” (Maggie a Frankie en Million Dollar Baby, de Clint Eastwood)

Diez. “Esa criatura (Frankenstein) está dentro de mí. Puedo reconocerme. Sé de qué esta hecha y el espíritu que la mueve. Todo viene de mí. Siempre he sido yo, desde mi nacimiento cuando maté a mi madre. Mucho antes de que ella empezara a vivir fuera de mí. No puedo detenerla.” (Mary Shelley a Lord Byron en Remando al viento, de Gonzalo Suárez)




Por cierto, ¿se nota que ellas hablan y hablan más? :P



Una película para mujeres desesperadas: Remando al viento, de Gonzalo Suárez

Un libro para mujeres desesperadas: Millenium I, II y III, de Stieg Larsson

Una canción para mujeres desesperadas: Is It A Crime, de Sade


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viernes, septiembre 25, 2009

Hombres desesperados



Puede que las mujeres desesperadas den para una serie de televisión. Pero algunos hombres desesperados han creado las mejores frases de la historia del cine. Porque, tanto en la vida como en el cine, a veces hay que estar verdaderamente desesperado para llegar al punto más poético de nuestra existencia. Aquel en el que nuestras percepciones más inquietantes buscan las palabras como un medio de disolver los límites entre el sujeto que sufre y el mundo que lo explica.



Uno. "Mediocres del mundo, yo os absuelvo" (F. Murray Abraham a la humanidad en Amadeus, de Milos Forman)

Dos. “He deseado tanto ser amado que casi he llegado a amar” (Maurice Ronet a Bernard Noel en Fuego fatuo, de Louis Malle)

Tres. “Puedo ser un cabrón, pero no soy un puto cabrón” (George Clooney a Juliette Lewis en Abierto hasta el amanecer, de Robert Rodríguez)

Cuatro. “No se preocupe, yo tampoco me acordaría de mí” (Kevin Spacey a Amber Smith en American Beauty, de Sam Mendes)

Cinco. "El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos" (Humphrey Bogart a Ingrid Bergman en Casablanca, de Michael Curtis)

Seis. “No por mucho madrugar amanece más temprano” (Jack Nicholson a su máquina de escribir en El resplandor, de Stanley Kubrick)

Siete. “¿Que te despierto el instinto maternal? ¿Y no me dices nada del sexual? Yo quiero 200 amantes y me tengo que conformar con 200 madres” (Coque Malla a Patricia García en Todo es mentira, de Álvaro Fernández Armero)

Ocho. “La cuestión no es si nosotros creemos en Dios, la cuestión es si Dios cree en nosotros, porque si no cree, estamos jodidos” (Celso Bugallo a Javier Bardem en Los lunes al sol, de Fernando León)

Nueve. “He visto horrores, horrores que tú has visto... Tienes derecho a matarme. Tienes derecho a hacerlo. Pero no tienes ningún derecho a juzgarme” (Marlon Brando a Martin Sheen en Apocalipsis Now, de Francis F Coppola)

Diez. “¿Qué si temo a la muerte? No más que a la vida” (Kirk Douglas a Tony Curtis en Espartaco, de Stanley Kubrick)



Seguro que hay al menos otras diez mejores que éstas, pero son las que han venido a mi cabeza. Se admiten nuevas aportaciones al Diccionario de Percepciones de Hombres Desesperados.





Un libro para hombres desesperados: La muerte en Venecia, de Thomas Mann

Una canción para hombres desesperadas: Nobody knows you when you’re down and out, de Eric Clapton

Una película para hombres desesperados: En lo más crudo del crudo invierno, de Kenneth Branagh

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viernes, septiembre 18, 2009

Un número chungo



Hoy cumplo 42, puertas abiertas a un año más. El 42 es el último de los números chungos de Hurtley (de Lost, por favor no spoilers en coments, que sólo voy por la mitad de la segunda temporada), pero me temo que para mí aún habrá más números y más chungos que este 42.

Cada nueva cifra que me asalta me parece más extraña y ajena a mí, a pesar de que soy el último de mis amigos de generación que alcanza cada nueva edad.

Como número chungo no sé, pero como edad, 42 suena fatal. No tiene ni la solera de otras posteriores ni la frescura de otras anteriores. Si buscamos en Google la expresión “a los 42 años”, la mayoría de las referencias que encontraremos nos dirán, entre líneas, que nada se espera ya de ti y que bastante suerte tienes si alcanzas esta cifra con un mínimo de dignidad física: Elvis murió a los 42, estando ya acabado. El jugador brasileño Romario se retiró a los 42 años batiendo un record inimaginable de longevidad futbolera. Pamela Anderson está “estupenda” a pesar de sus 42 años (nadie dice nada de su cirujano, no sabemos su edad).

Pero, por otra parte, hay también para quien los 42 años supusieron el principio de su cenit creativo, aunque sean menos populares en la red. Hoy me voy a quedar con ellos, que necesito animarme.

A los 42 años, Nietzsche escribió Más allá del bien y del mal, J.S. Bach compuso los Conciertos de Brandeburgo, Woody Allen rodó Annie Hall, y Marcel Proust escribió Por el camino de Swann.

Cuando Keith Richards cumplió 42 años, el mundo se le vino encima. Su banda, lo único que le mantenía con vida, se había disuelto: Mick iniciaba una carrera en solitario y Charlie Watts montó, por fin, su deseada banda de jazz, junto con el pianista de la banda, Ian Stuart. Atravesó una (otra) fuerte depresión y creyó que ya no había salida para él. Entonces Bob Dylan le llamó para tocar con él en el Live Aid de 1985 y su ídolo Chuck Berry tocó también con él. Todo esto le dio fuerzas y empezó a escribir su mejor álbum, Talk is cheap, que salió al cabo de un par de años y que le dio más prestigio que el que Mick había conseguido en su carrera en solitario. Así que Mick y Charlie volvieron a la banda y Keith resucitó junto a los Rolling Stones

En fin, yo me conformo con no perder mi toque, como decía Keith en esa grandísima canción. Quien no se emocione con ella está muerto:

¿No es gracioso cómo ocurren las cosas? Justo cuando creemos tenerlo todo claro, todo parece cambiar. Y nos quedamos ahí, sin hacer nada, y esperamos. Parece que las cosas están bien cerradas. Hay miradas nerviosas alrededor, y todo el mundo habla en susurros. Nadie quiere hacer ruido. Creo que estoy perdiendo mi toque, cariño. Sácame de aqui, anda. Debería estar todo más claro. Vigila tu puerta principal, cariño. Porque yo estaré entrando por la de atrás. Sólo necesito lo justo para pagar el taxi. Y luego dejaré que te acuestes Creo que estoy perdiendo mi toque, cariño. Sácame de aqui, anda. Debería estar todo más claro.





¡Feliz cumpleaños, Lagarto!



Un libro para NoSurrender: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust

Una película para NoSurrender: Annie Hall, de Woody Allen

Una canción para NoSurrender: Losing my Touch, de Keith Richards